Arte público es arte libre.

Legítimamente político en cuanto no ha cedido su posibilidad de decidir, de pensar y de actuar.

El arte libre es público porque lo público es su derecho.

El arte libre no ha de renunciar a lo público.

Lo público no es lo oficial.

Lo público no es la propaganda de estado, ningún juego o pseudojuego con las políticas institucionales que habrán de constreñir esa libertad del arte libre.

Lo público exige ejercer el arte libre sin concesión. A nada ni a nadie se dará lo propio que es esa libertad del arte libre.

Lo público del arte significa reivindicar el arte libre.

Preconizar una  creación que no cede a los favores ni a los reclamos de ningún sector político o económico. A ninguna institución o poder.

Pero que tampoco entra en el juego  de la seducción de los cuerpos y del poder político y económico que avasalla esos cuerpos y que compromete esa libertad del arte libre expresada en un cuerpo. Porque el arte libre también es un cuerpo libre.

El arte libre no quiere ceder esa libertad, ninguna libertad que le dé un nombre. O le confiera una historia ilegítima. O lo instituya en una tradición corrupta. O lo castigue marginándolo y haciéndolo invisible en pago a tanta desidia.

Su deseo será sin filiación alguna salvo la del terrible convencimiento de su libertad.

No tendrá miedo de esa libertad. Así se lo considere una amenaza.

La amenaza de poner en entredicho el favor del mecenazgo o de cualquier otro favor que prometa encarrilarlo en la buena senda de un arte debido.

Cualquiera que este sea y aún aquel que se disfraza con las buenas maneras de la compasión de un arte político o con el deseo de hacerle creer que entra en el juego de la membresía. De ese honrado lugar en que será llamado a ser partícipe de la comunidad del Arte. Una comunidad que ofrece sostenerlo. Y que lo sustenta. Si a cambio cede.

A ese joven artista es al que se lo trae capciosamente a las sendas de la nueva comunidad del Arte Restringido.

El arte libre habrá de renunciar a esa élite que a cambio de ofrecer una entrada en la escena de la participación, pide al artista una renuncia. La renuncia a su libertad.

El artista libre es un artista libre para pensar y para encaminar su pensamiento en la dirección de un arte libre.

El artista libre suprime esas quejas pseudo-libertarias de unos discursos de la cultura que lo distraen de su obligación de pensar. Esos discursos pseudo-radicales en realidad envilecen su libertad. En tanto neutralizan toda verdadera contienda libertaria.

El artista libre habrá de sentirse en la necesidad de recuperar ese poder que lo lleva a pensar y a actuar por sobre cualquier discurso hecho o cualquier propaganda que quiera premiarlo con su vocería.

El artista libre centra toda su energía en querer recuperar esa energía perdida. Que lo llevó a consentir la concesión de su valor libertad. Que lo llevó a anestesiar y suprimir todo posible deseo. De su libertad.

El artista libre recupera su hambre y así cesa esa saciedad. Porque ahíto de promesas el joven artista languidecía. Como un perro callejero saciado de tanto desperdicio.

Ahora reclama su voz en esa escena y es un grito lo que profiere. Aunque su garganta deba mediar todavía con tanta palabrería inoportuna que se le atraganta. Y que restringe el paso del poco aire libre que lo puede hacer todavía respirar.

Pero el artista libre se recupera y grita. Porque es un grito a lo que atina su ensombrecido pensamiento.

El artista grita. Por fin grita.

La escena en cambio se escandaliza y prefiere ignorarlo

 

Claudia Díaz, noviembre 28 del 2017