Este artículo se publicó en CIIA (Centro de Investigación de la Institucionalidad del Arte), un proyecto del Antimuseo -publicaremos una entrevista en los próximos días con su fundador- con la colaboración de Nadie Nunca Nada No y La Grieta. Su objetivo es analizar críticamente el sistema del arte para entender las condiciones —tanto materiales como ideológicas— de su producción, distribución y consumo. El Nº1 está dedicado a las obras de arte “ilegales”, aquellas que adquieren sentido en la medida en que suponen la comisión de un delito.

El grupo de música Pussy Riot. Foto de Игорь Мухин bajo licencia CC.

El arte es algo privado, el artista lo hace para sí mismo; la obra comprensible es producto de periodista.

Tristán Tzara, Manifiesto Dadá, 1918

«Minar las bases de la moral burguesa». Cuando el dadaísmo eclosionó en el surrealismo, su inquietud adquirió por fin ese loable objetivo, que derivaba de la máxima marxista de transformar el mundo. El absurdo dadá se volvió una estupenda cerbatana con la que ir disparando aquí y allí para sembrar el escándalo: bastaba con cargarla de sexo, religión, patria, o lo que estuviera más grabado en los corazones de los biempensantes de la época.

Escandalizaban tan exquisitamente que, en 1955, un André Breton ya mayor se lamentaba de que el escándalo ya no fuera posible. El surrealismo había muerto de éxito: había contribuido a que el pensamiento colectivo superase muchas de las llagas en las que había metido el dedo treinta años atrás, y por tanto ya fuera imposible escandalizar con las mismas fórmulas. Pero, por supuesto, le sucedieron otros movimientos que seguían explorando hábilmente los resortes por donde seguir atacando la moral, desde situacionistas hasta punks. Allí donde haya una mente obtusa siempre habrá alguien para provocarla, y ese alguien debe ser el creador en su huida hacia adelante en la historia.

A continuación analizaremos tres casos recientes en los que esa provocación ha llegado hasta los estamentos de poder. Eso ha convertido el hecho artístico en  noticiable, lo que le ha permitido llegar mucho más allá de sus canales habituales, uniendo así de manera efectiva las piezas que Tzara separó.

Steve Kurtz, Critical Art Ensemble Performance Target Deception en Leipzig, 24 de febrero de 2007. Wikicommons

«Lo que más he temido siempre es perder a mi mujer y ser encarcelado. Y de repente las dos cosas me han ocurrido a la vez» [1].

Los dos mayores miedos del artista y profesor Steve Kurtz le sobrevinieron de repente la noche del 11 de mayo de 2004. El primero ocurrió trágicamente: su esposa murió de un fallo cardiaco mientras dormía. Ello desencadenó esperpéticamente el segundo, cuando la policía, al acudir a la casa para levantar el cuerpo, encontró un pequeño laboratorio de productos químicos y una invitación a una exposición con un texto en árabe. Los agentes decidieron que aquello podría ser un asunto más serio que un mero ataque al corazón y llamaron al FBI para una investigación más profunda. Entonces fue acusado de bioterrorismo.

Estamos, por supuesto, en plena paranoia post 11S. Ese año la administración de George W. Bush gastó 5.900 millones de dólares en defensa contra el bioterrorismo, en un clima político que se ha descrito como un nuevo macartismo. «Lo único diferente es que no admitirían que lo es», expone Kurtz. «Dicen que no me persiguen por mis ideas políticas, sino que soy un delincuente común. McCarthy apoyaba el tener presos políticos, ahora dicen que sólo están protegiendo a la gente».

Kurtz es profesor de arte la Universidad de Buffalo, Nueva York, y fundador de Critical Art Ensemble, un colectivo de cinco artistas que trata de exponer problemas políticos y sociales desde un punto de vista creativo. En el momento de la muerte de su esposa, Kurtz se encontraba trabajando en una exposición sobre alimentos modificados genéticamente. «Los estadounidenses nos hemos convertido involuntariamente en víctimas de un experimento industrial masivo, cuyo objetivo no es la salud sino los beneficios de los accionistas», protesta Robert Ferrell, profesor de Genética en la Universidad de Pittsburgh. Ferrell aportaba al proyecto la base científica y le facilitaba a Kurtz muestras de bacterias que él guardaba en el pequeño laboratorio que despertó las sospechas de la policía.

La acusación de bioterrorismo no llegó muy lejos en cuanto se probó que el laboratorio de Kurtz sólo albergaba bacterias inocuas y la autopsia reveló que su esposa había muerto, efectivamente, de un paro cardiaco. Pero la policía federal no se rindió, y en julio de ese año se le acusó de fraude. «Es un caso claro de que el FBI no tiene ni idea de qué ocurre en el mundo del arte. Ven esta pieza, no la entienden y se alarman», analiza Gregg Bordowitz, del School of the Art Institute of Chicago. «Estaban tratando de fabricar un caso para establecer un precedente que les permitiese extender el poder del Gobierno al sistema universitario, a la academia y al mundo del arte».

«El objetivo es hacer que la gente entre en pánico y se vuelva paranoica», afirma Kurtz. «Que se fundan sus cerebros y hagan algo que no deban»

El «fraude» señalaba la manera en que Kurtz y Ferrel habían intercambiado y comprado muestras de bacterias. Para ello se les aplicó la USA Patriot Act, una ley aprobada por Bush un mes después del 11S, y cuyas ingeniosas siglas corresponden a «Uniting and Strengthening America by Providing Appropriate Tools Required to Intercept and Obstruct Terrorism». «Le llaman la ley ‘go to’ [‘ir a’], porque es a la que puedes ir cuando nada más funciona», aclara Kurtz. «Es tan imprecisa que siempre hay algún modo de usarla contra alguien». Se había librado de la acusación de bioterrorismo, pero ahora se enfrentaba a una sentencia de 20 años de prisión.

«Creo que es la primera vez que a alguien se le acusa de fraude pero nadie se siente defraudado», bromea Paul Vanouse, colega de Kurtz en la Universidad de Buffalo. Esta nueva acusación incluía también a Farrell, que se autoinculpó para evitar el estrés que le producía el procedimiento judicial. Según explica Kurtz, Farrell era una persona mayor que se encontraba débil de salud por un tratamiento anticáncer. El caso le provocó varios derrames, por lo que prefirió pagar la multa y salir del proceso.

«El objetivo es hacer que la gente entre en pánico y se vuelva paranoica», afirma Kurtz. «Que se fundan sus cerebros y hagan algo que no deban». Él mismo dice haber sufrido una intensa persecución policial, con su teléfono pinchado y sus emails escrutados. Le seguían, y cree que en una ocasión un agente de paisano le preguntó si le gustaría matar al presidente. Incluso tenía que pedir permiso para comprar algo orgánico que no fuera comida.

Finalmente, en abril de 2008, cuatro años después de la muerte de su esposa, la pesadilla de Kurtz terminó, y fue librado de todos los cargos. Por fortuna el segundo de sus temores no llegó a producirse.

Durante todo ese tiempo Kurtz contó con un gran apoyo por parte del mundo del arte, la academia y la ciencia, sin quienes, según él mismo reconoce, no había podido resolverse el caso a su favor. Muchos artistas, científicos e instituciones mostraron su apoyo en cartas públicas a Kurtz y Ferrel. La Universidad de Buffalo no le expulsó de su puesto, a pesar de la presión del Departamento de Justicia y el FBI. La cineasta y artista Lynn Hershman Lesson expuso el caso en su documental Strange Culture, protagonizado por Tilda Swinton y Peter Coyote. Unos 50 artistas, entre ellos Richard Serra, Hans Haacke, Cindy Sherman, Mike Kelly o Sol LeWitt, donaron obras para una subasta benéfica que recaudó 170.000 dólares para que Kurtz pudiese costear los gastos del proceso. E incluso el San Francisco Art Institute le otorgó un premio a la libertad de expresión en 2005.

En los medios de comunicación, la acusación constituyó todo un «espectáculo mediático», según The Guardian. La prensa se mostró generalmente favorable a Kurtz, dejando en evidencia la actuación del FBI y el Gobierno y su necesidad de justificar un gasto desmesurado en políticas antiterroristas. La NBC tildó el caso de «pifia bioterrorista», y en una entrevista a Mary-Claire King, de la Universidad de Washington, el diario local The News Tribune recoge que «el material de Kurtz no es peligroso físicamente, sino políticamente». La revista científica Nature hizo un llamamiento a artistas a apoyar a Kurtz: «Al igual que ha pasado con algunos científicos en los últimos años, la persecución de Kurtz es un aviso a la comunidad artística». The Guardian publica que «tal vez, al menos en lo que respecta al FBI, un experimento de ciencia con motivaciones políticas sea una forma de terrorismo». Por su parte, The New York Times y The Washington Post airean principalmente las opiniones de Kurz y quienes le apoyan, volcando la noticia a favor del profesor. «Puede que los oficiales del Gobierno sean tan obtusos como para no ver el ‘arte’ en el trabajo de Kurtz, pero también puede que vean un arte potencialmente subversivo y que no les guste», recoge The New York Times.

En definitiva, queda en evidencia una necesidad de control estatal, incluso cuando esta va claramente contra las libertades individuales. Como bromea Buffalo News, «el FBI siempre encuentra a su hombre, aunque tenga que cambiar su acusación». ¿Poder autoritario en un estado de derecho? No es tan descabellado.

Fotograma del vídeo de Pussy Riot.

Su performance duró menos de un minuto, pero les valió dos años de cárcel. Ataviadas con vestidos, medias y pasamontañas de colores, el 21 de febrero de 2012 cinco chicas comenzaron a saltar y a dar puñetazos y patadas al aire en el altar de la Catedral de Cristo Redentor de Moscú. Se trata, por supuesto, de Pussy Riot, que denunciaban así el nexo entre Vladimir Putin y la Iglesia ortodoxa días antes de las elecciones rusas.

El grupo, fundado en agosto de 2011, cuenta con un número variable de integrantes de alrededor de 11 mujeres. Hacen música punk, que complementan con performances de guerrilla que graban para sus vídeos. Su activismo es herencia del accionismo moscovita de los 90, que cuestionaba la adopción del capitalismo y los valores tradicionales rusos tras el colapso de la Unión Soviética.

En esta ocasión, la performance era para su canción «Oración punk: Madre de Dios, haz que desaparezca Putin». Las activistas acusaban al patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa de creer más en Putin que en Dios; de hecho, el pope había apoyado abiertamente al político de cara a las elecciones. No era la única acusación de juego sucio en la campaña electoral: la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa ya había observado que los medios de comunicación daban a Putin por ganador, imposibilitando una competición real entre los candidatos. «Lo fundamental en unas elecciones es que el resultado sea incierto. En Rusia el Gobierno se aseguró de que nunca se pusiera en duda que Putin iba a ser el ganador».

Varios días después de su actuación, tres de las participantes fueron arrestadas sin posibilidad de fianza y acusadas de vandalismo. En el juicio, que tuvo lugar en julio, se les declaró culpables por «socavar gravemente el orden social» y haber mostrado una «absoluta falta de respeto» a los creyentes. La acusación pedía siete años de prisión, que quedaron finalmente en dos. «Nuestro encarcelamiento es un signo claro que la libertad está siendo eliminada de todo el país», declaró una de las chicas, Nadezhda Tolokónnikova.

Finalmente fueron liberadas tres meses antes de completar su condena, en diciembre de 2013, por una amnistía declarada por Putin para celebrar el 20 aniversario de la constitución rusa. Habían cumplido un año y diez meses de cárcel.

El apoyo a Pussy Riot se dejó notar por todas partes del mundo. En Rusia, miembros de la oposición y más de 100 personalidades del mundo de la cultura, entre ellas varios artistas que habían apoyado a Putin, firmaron una carta de repulsa a su encarcelamiento. El músico Alexander Ivanov declaró que, como persona religiosa, se había sentido insultado por la acción, pero que enfrentarse a siete años de prisión por un «experimento infructuoso» era «ir demasiado lejos». «Los artistas necesitan tener libertad», sentenció.

En numerosas ciudades del mundo se montaron conciertos de apoyo. En Rusia, según el crítico de rock Artemy Troitsky, eso era imposible en un «estado policial» como el de su país. Sin embargo, consiguió que unos 200 artistas grabaran un álbum digital de más de 350 canciones a favor de las activistas.

Conforme la detención sin juicio se alargaba, más y más gente apoyaba a Pussy Riot. En el Festival Internacional de Cine de Moscú, la actriz y realizadora Olga Durfi recorrió la alfombra roja con un pasamontañas rosa como muestra de apoyo. «No comparto su punto de vista ni estoy estéticamente cerca de lo que hacen, y tal vez merezcan una sanción administrativa, pero es totalmente ilegal que estén en la cárcel», sentenció.

«Comentar las costumbres sociales de otros países es una salida excelente para la indignación biempensante de políticos y periódicos»

En el panorama internacional fueron muchos los artistas que apoyaron públicamente a Pussy Riot. Radiohead, Coldplay, Sting, Madonna, Adele o U2, entre más de 100 músicos de renombre, firmaron una petición de Amnistía Internacional para apoyar su liberación. No fue la única acción que el mundo de la música llevó a cabo: entre otras muchas muestras de apoyo, Paul McCartney escribió una carta de apoyo en su web, los miembros de Red Hot Chili Peppers llevaron camisetas de Pussy Riot en una actuación en Moscú, y uno de los integrantes de Beastie Boys dio un concierto benéfico en Nueva York.

La prensa siguió un camino similar. Según informa la BBC, «hay casi una condena universal en la prensa mundial». Ello incluye Rusia, donde un columnista califica la sentencia de «bolchevique». Fuera del país, los editoriales son duros. En Francia, Libération titula una columna directamente con la palabra «Gulag», sentenciando que Rusia «no tiene nada que hacer junto a las democracias del G8». En España, El País sostiene que Putin «ha confundido el reto de las punkis con una amenaza, y con su manera de proceder ha convertido a estas chicas en unos iconos mundiales del desafío a su autoridad». En Alemania, Spiegel califica la sentencia de «grave error». En Estados Unidos, The Washington Post sugiere que «no importa lo que se piense del acto, la sentencia es desmesurada», y que el caso se llevó adelante «para desanimar a otros a retar al establishment». El resto de editoriales siguen la misma línea, con la excepción del británico Daily Mail, que señala que su defensa es un acto de hipocresía por parte de los medios occidentales y plantea qué pasaría si la ofensa fuera contra inmigrantes en lugar de contra los creyentes. Se suma así a un número pequeño de medios que sostienen que un lugar de culto no es el sitio apropiado para una protesta.

Tal vez la nota discordante más interesante la ponga un interesante artículo de The Guardian que airea otros ejemplos de activistas con duras sentencias en la Europa democrática. Entre otros, señala el caso del hijo de un miembro de Pink Floyd, que fue sentenciado a 18 meses de prisión en el Reino Unido por columpiarse en una bandera británica situada en un monumento en honor a los caídos en la guerra durante una protesta por la subida de las tasas universitarias. «Comentar las costumbres sociales de otros países es una salida excelente para la indignación biempensante de políticos y periódicos», sostiene el autor. Criticamos la situación de las mujeres en los países musulmanes o los disidentes en China. Pero —se pregunta el autor— ¿cómo nos sentiríamos si Moscú o Teherán condenasen la sentencia a quienes protestaron en el monumento?

Tania Bruguera. Fuente: taniabruguera.com

Tania Bruguera

Quería hacer una sesión de un micro abierto bajo la gran silueta del Che de la plaza de la Revolución de La Habana. Pidió permiso, pero el Gobierno cubano solo le concedió hacerlo en el Museo Nacional de Bellas Artes y con una lista de participantes cerrada. Aceptarlo era matar el proyecto, de modo que decidió seguir adelante con su idea inicial.

Acabó en la cárcel.

La artista cubana Tania Bruguera concibió la idea de un micro abierto tras el anuncio de Raúl Castro y Barack Obama del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre el 17 de diciembre de 2014. En un país marcado durante más de 50 años por una encendida crítica al «imperialismo yanqui», todo cambió de pronto, y los cubanos se enfrentaron «a negar precisamente lo que les ha definido», según Bruguera. «Me sentí ansiosa, con miedo y esperanza a la vez. Algo como esto marca una ruptura entre el presente y el pasado. Y te preguntas ¿qué puedes hacer ahora?»

Su respuesta fue la creación de la plataforma de Facebook Yo También Exijo, donde publicó una carta abierta a Raúl Castro y anunció su propuesta para ese 30 de diciembre. «Hoy me gustaría proponerle al cubano donde quiera que esté que salga a las calles a celebrar no el fin de un bloqueo/embargo sino el principio de sus derechos civiles». En un país donde el Gobierno actúa como «único portavoz legítimo» de los ciudadanos, que estos se puedan expresar libremente es un riesgo serio de darle voz a disidentes y «contrarrevolucionarios». La performance, nombrada El susurro de Tatlin, «moviliza el imaginario de otras plazas revolucionadas desde 2011: Tahrir en El Cairo, Sol en Madrid, Syntagma en Atenas, Liberty Square en Wall Street y sus múltiples articulaciones virtuales a través de las redes de comunicación», según uno de los comunicados de Yo También Exijo.

Lo que sigue es una guerra de comunicación y burocracia, que acabó con Bruguera siendo llevada a comisaría en tres ocasiones y sometida a 20 interrogatorios. Otras 50 personas fueron retenidas o inmovilizadas en sus casas el 30 de diciembre para que el acto no pudiera realizarse. Además, las autoridades cubanas confiscaron el pasaporte de la artista, y la policía secreta comenzó a visitarla dos veces por semana durante meses. Por fin, el 10 de julio de 2015 su pasaporte le fue restituido.

Esos más de cinco meses fue el tiempo que duró la performance, que pasó de ser un micro abierto de 90 minutos a un número de acciones de las que el propio Gobierno cubano formó parte involuntariamente. «La obra de Tania es justo eso, una campaña, y todo lo que ocurra o no ocurra dentro de ella es parte de la obra», analiza Pablo Helguera, director de los Programas Académicos para Adultos del Museo de Arte Moderno de Nueva York. «No es de sorprender por ello que el estado haya caído dentro de ella como se cae dentro de un hoyo negro».

La respuesta del mundo del arte fue contundente. Muchos artistas y mediadores, como el propio Helguera, dieron su apoyo a Bruguera. Cuatro críticos de arte lanzaron una carta abierta a Raúl Castro y una recogida de firmas en apoyo de Bruguera, que secundaron más de 2.000 personas, principalmente relacionadas con el arte. En abril de 2015, Times Square de Nueva York acogió una concentración de artistas, críticos de arte y comisarios, así como activistas por los derechos de los migrantes, a propósito de Bruguera y contra la intromisión de los poderes políticos en el arte. La crítica no se restringió ese día a Cuba, sino que también se extendió a Turquía, Venezuela o el propio Estados Unidos.

En Cuba, los medios de comunicación, al igual que el Gobierno, fueron también parte involuntaria de laperformance.

Dentro de la isla los canales oficiales de arte tomaban otros derroteros. En un comunicado, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) sostiene que la «supuesta performance» no es una obra artística, sino que «se trata de una provocación política» y que Bruguera «no busca otra cosa que un protagonismo circunstancial». Además, critica la difusión que han dado «los medios de la contrarrevolución». «Llevamos años en esta batalla frente a los enemigos de la Revolución», sentencia.

Efectivamente, los acontecimientos tuvieron un gran impacto en la prensa internacional, tanto a favor como en contra de la artista. En Cuba, los medios de comunicación, al igual que el Gobierno, fueron también parte involuntaria de la performance, y siguieron la misma línea de discurso que el comunicado de la UNEAC. Es especialmente curioso que los medios más oficialistas sostengan que Bruguera «no consiguió nada» con su evento, cuando obviamente la propia difusión que le estaban dando era una victoria para la artista. La revista OnCuba, radicada en Miami, explica que ni la artista ni su equipo se presentaron en el lugar citado, pero sin indicar explícitamente que se encontraban retenidos. Por su parte, La Jiribilla, magazine dedicado a las artes cubanas, da voz en una entrevista al Presidente del Consejo Nacional de Artes Plásticas, responsable de la denegación del permiso a Bruguera, que afirma que «más que un performance se trata de un reality show». Su discurso es muy oficialista: «El método de la presión, del chantaje, de las agendas impuestas no funciona en nuestro país. Un proyecto construido desde el exterior, convocado desde los órganos de prensa de la contrarrevolución».

Fuera de la isla, los medios muestran un lado evidentemente crítico con la actitud del Gobierno. El diario The New York Times, tras advertir que la acción de Bruguera supone la primera prueba al acercamiento de ambos países, se lamenta de que «al silenciar voces críticas, el Gobierno cubano está dejando en claro que no está dispuesto a permitir las libertades básicas de las que gozan la gran mayoría de ciudadanos en el hemisferio». Ello, incide, va a ser contraproducente para el restablecimiento de las relaciones, porque «dará más vigor a quienes se oponen al giro histórico que Obama le dio a la política estadounidense respecto a Cuba». El británico The Guardian, por su parte, narra el caso siempre desde el punto de vista de la artista, llevando a la audiencia a empatizar con ella. The Washington Post clama en un editorial contra el Gobierno cubano, y lo muestra como un signo de debilidad de Estados Unidos frente a Cuba. «Si se supone que este proceso pretende apoyar a los cubanos y los valores de EEUU, entonces ha comenzado de una manera muy pobre», concluye.

El obstáculo a las relaciones entre ambos países es una posición uniforme a ambos lados del estrecho de Florida. «Esta acción no persigue otro propósito que el de situarse en contra de las negociaciones que dan esperanza a muchos seres humanos, en primer lugar a los once millones de cubanos», recoge el comunicado de la UNEAC. La diferencia radica, claro, en que unos apuntan al mensajero (Bruguera), y otros al mensaje (la represión y la falta de libertad de expresión).

Pero «la performance ya estaba hecha, y la acción artística lograda», según sentenció en su blog Yoani Sánchez, amiga de Bruguera, tres días después. Claro que Sánchez es, por una parte, una de las 100 personas más influyentes del mundo según la revista norteamericana Time (2008); y por otra una opositora al Gobierno cubano que «ha recibido cuantiosas sumas de dinero por mantener su estatus de disidente», según el director del Centro de Arte Wilfredo Lam. Ustedes deciden qué versión les gusta más.

Conclusión

En los casos de Steve Kurtz, Pussy Riot y Tania Bruguera vemos a un estado «asustado» por las consecuencias que pueden derivarse de una pieza de arte, y que trata de dar un castigo ejemplar a sus ejecutores. En los tres, el mundo del arte se defiende reclamando un espacio para la creación artística libre de la intromisión del estado. Pero, en una sociedad que garantice tal espacio, ¿qué sentido tiene la subversión y la provocación? Ello equivaldría a llegar al punto de «no escándalo» del que se lamentaba Breton, lo que significaría irremediablemente el fin del arte, que quedaría como mucho restringido a pintarrajos intrascendentes y aburridos. Pero por fortuna siempre habrá alguien a quien provocar, aunque sean los propios artistas en su búsqueda desesperada de notoriedad.

Por otra parte, es notable cómo la censura que han ejercido los gobiernos ha brindado a las obras una publicidad inusitada. Sin ella las acciones podrían haber pasado mayormente desapercibidas. Como hemos visto, cuanto mayor es la condena del gobierno, más válida se vuelve la acción y más simpatías y apoyos genera.

Pero la censura, como cualquier otra cosa, necesita de unos voceadores que la divulguen. Una columnista de The Daily Mail se pregunta dónde quedaron movilizaciones como las de Pussy Riot en el caso de Gu Kailai, que fue condenada en China a cadena perpetua en un juicio en el que no hubo ningún testigo internacional. No las hubo, porque ese caso no apareció en la prensa y por tanto tampoco en el debate social.

La realidad, más allá de la que descubrimos por experiencia propia, es un constructo mediático, el producto de la suma de muchas piezas de información proporcionada por otros, desde novelistas a youtubers. Y en el día a día son los medios de comunicación los que definen qué es importante y qué no. Ellos deciden qué asunto de actualidad va a entretener nuestra mente durante la ducha, los problemas sociales por los que vamos a preocuparnos, sobre qué hablar con el cuñado en la sobremesa, o incluso qué marca de neumáticos va a ser nuestra favorita. Tal vez por eso Thoreau, que sentó las bases del activismo moderno, sostiene que las noticias «profanan con banalidades un terreno sagrado para el pensamiento» y que «la gente que lee los periódicos se iguala al perro que vuelve a su vómito» [2].

Pero la crítica que le hagamos a esta mediación de la realidad por parte de la prensa no debe impedirnos usarla para nuestros propios fines. Es nuestra responsabilidad como creadores conocer sus mecanismos para lograr que entre esas banalidades quepa nuestro acto de guerrilla. Los medios de comunicación son nuestros mejores aliados si queremos llegar más allá de nuestro propio círculo o si, efectivamente, queremos escandalizar al gran público. Hay que abordarlos con mimo a la hora de diseñar una acción, buscando la unión de las dos concepciones comunicativas de Tzara. Hagamos una obra todo lo personal e ininteligible que queramos, pero ofrezcamos a las masas susceptibles una versión comprensible y sencilla para hacer que clame al cielo mientras arrojamos un gran LOL.

Solo así el arte podrá transformar el mundo, y nosotros pasárnoslo bien en el proceso.

 

Anónimo García*

 

[1] ^Esta y el resto de citas de este caso están extraídas del documental Strange Culture, de Lynn Hershman Lesson (2007), a no ser que se indique otra fuente.

[2] ^En «Life without principle» (1863) y «Slavery in Massachusetts» (1854)

 

*Este artículo está originalmente publicado en el Nº1: Arte y Delito, de CIIA (Centro de Investigación de la Institucionalidad del Arte). El CIIA es un proyecto del Antimuseo con la colaboración de Nadie Nunca Nada No y La Grieta

Anónimo García