lucas

Lucas Ospina en una presentación que hizo en Bogotá y en bogotano para un emprendimiento cuyos dueños creen que deben titular en inglés y subtitular en castellano.

Yo no estudié con Lucas Ospina. No habría podido. La universidad donde trabaja es, en realidad, innecesariamente cara. Pero él fue quien me ayudó a resolver esa gran duda que tuve cuando gasté las primeras etapas de mi inscripción profesional. A pesar de que en  2005 gané dos premios por escribir crítica, académicamente era nadie: había terminado mi carrera de psicología a patadas (con una tesis fatal), no acabé mi segundo pregrado en artes (de hecho, había abandonado un plan de estudios lamentable), apenas había ingresado al grupo de guías del Museo Nacional (como voluntario), me sostenía como mesero (llegando a servirle a curadores que antes admiraba y ya no), a veces era montajista de exposiciones (algunas muy buenas), y sólo escribía en esferapublica (cuando la gente se limitaba a ver ese medio como un patio de colegio útil para casar peleas –algunas  muy buenas–).

Entonces, sin fijarse en que yo carecía de esa talanquera de validación de la tontez que suele ser la titulación en posgrado en nuestro país, me invitó a dictar clase en la Universidad de los Andes. En serio, por haber tratado un tema en público con rigor, me ofreció una cátedra. De no haber sido por él y su criterio no apendejado por las mordazas derivadas del Tratado de Bolonia, jamás habría podido iniciar mi labor como docente en artes. Ni habría podido conocer a muchos de los mejores artistas del país antes de que se alejaran triunfantes, o habría perdido la oportunidad de discutir en ese foro privilegiado que es un salón de clases. Habría carecido de enriquecedoras discusiones sobre política cultural que sólo así pude sostener con artistas y gestores más experimentados, o no habría entendido las implicaciones de hacer curaduría. No habría podido discutir sobre las taras de mi escritura ni había recibido recomendaciones puntuales sobre modos de investigar, etc.

Posteriormente, participamos en la discusión sobre la crisis que representó para las artes visuales de Bogotá la desgraciada gestión de la alcancía de Samuel Moreno Rojas. De hecho, hizo parte de una exposición malita que organizamos en El Bodegón sobre ese tema; de hecho, fue el único que opinó en público sobre ese sitio –en el mismo periódico donde Piedad Bonnett acaba de exigir venganza implacable en su contra–; de hecho, fue el primero que comentó la necesidad de que el Estado apoyara los Espacios Independientes; de hecho, fue uno de los pocos que me ayudó a entender en breves discusiones esos fenómenos chistositos que eran las primeras ferias de arte contemporáneo del siglo XXI en Bogotá; de hecho, fue alguien que me enseñó que el acto de burlarse de sí mismo es una labor que sólo sirve si se da de manera sostenida; de hecho me recomendó amablemente, y en más de una ocasión, que abandonara opiniones simplemente estúpidas. De hecho, en ocasiones me enseño y en otras, sólo me escuchó.

Lamento que hoy sea objeto de unos de los arrebatos cíclicos de furia que alteran las corrientes de opinión de este país. Lamento que haya entre sus colegas quienes estén aprovechando la ira de Bonnett para sacar a relucir su encono. Lo acompaño en este momento, de lejos, pero sinceramente.

-Guillermo Vanegas